Latido y Piano

Libérame con tus dedos, Pianista del amor. Fundámonos juntos en un baile de pasión…

Y mientras arden las paredes de este lugar, hazme el amor una vez más. No dejes de tocar y de acelerar el ritmo de tu tonada, hasta que mis piernas caigan seguiré girando a tu alrededor, como un satélite que ama a su fuente de esplendor. Eres mi sol, y tu música mi pasión, Pianista de amor… que has hechizado mi corazón. Mis zapatillas se tornan rojas, mi vestido está ya rasgado… veo el brillo en tu mirada que me hace aún sentirme amado. Por eso sigo bailando, girando y girando a tu lado. Toca, toca amor mío… hasta el final de nuestros abrazos.

Todo cae estruendosamente, la música va aumentando. Yo sólo me veo en tus ojos, con algunos reflejos de esos fantasmas del pasado. Tú sigues tocando, y yo… en favor de tu amor bailando. Es frágil nuestro momento, aunque parece eterno el cuadro. En nuestros espíritus por siempre nos amamos, aunque en nuestros cuerpos ya hayamos pasado. Es el tiempo, que no corre en vano, mientras tú tocas… y yo bailo. Y es que así es que te amo. Como ama la flor al sol en verano, como aman mis cabellos tus manos, como anhela mi pecho tus labios. Es así que te espero, girando.

El piano es nuestro testigo, el lugar se va destrozando… Tu, intérprete con pasión. Yo soy tuyo, bailando. No dejes de tocar, amor mío Eternamente te seguiré amando, hasta que la brasa arrase el último halo, hasta que de un giro caiga en tus manos… Nuestra música es eterna, y sublime como el sol alumbrando, una flor que no muere.

Un latido y un piano.

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Menos Frágil

Creí conocerte, conocerlo, conocerlos… todos. En realidad, todo había sido un amplio sueño… largo y sin horizonte. Un montón de trazos libres, hermosos… pero ingenuos e irreales. Sí, dejé vestirme de sus colores, dejé proyectarme a través de sus luces, y permanecí allí quizás demasiado tiempo. Para cuando me di cuenta, me hallé enamorado de estrellas, de planetas y de flores… de conejos y leones, de caballos salvajes y viento, de tantos símbolos e imágenes, que rodearon mi existencia… fue dificil descubrir que sólo eran eso.

Finalmente, todos y cada uno fueron cumpliendo sus misiones. Mientras yo seguía bailando entre ellos, aún más ingenuo. Y como un niño que corre entre adultos, en ese inmenso e interminable carnaval que yo mismo quise crearme, terminé dejándome en manos del tiempo… creciendo y llenando mis piernas de arena, estirando mis brazos hacia el sol y dejando mi larga cabellera negra al viento. Con notas suaves, él supo conquistar una parte de mi, pero como cualquiera de mis añoradas personificaciones, el viento terminó siendo un amante errante… como ninguno, es cierto, pero tan efímero e intangible, que sencillamente no se puede amar, no siendo de lluvia y piedras. No incluso siendo su amigo, ni siendo su seguidor e incansable compañero de baile.

Sentado en la orilla del mar, muchas noches me encontré con otras criaturas. Pero, todas de paso. Yo, aún inocente de todos, seguí pensando que estarían allí por mí… después de todo, era mi propia imaginación, ¿no? Realmente no. Me quedé esperando de ellos más de lo que jamás entendieron. Y era innecesario, al menos continuarlo luego de aprenderlo. Se fueron aliando caballos con leones, conejos con estrellas y planetas con flores, el viento errante los enamoraba a todos mientras seguía flirteándome a mí. Y al final… una leve silueta se formaba entre la niebla, pero… no resultó ser más que un arbol caduco, un bosque seco que tampoco logré hacer florecer. ¿Mi magia habría acabado?

Comprendí, quizás tarde, u optimistamente en el momento preciso; que las flores se enamoran de las estrellas, y las estrellas persiguen conejos que huyen de leones, mientras que estos no dejan de mirar a los caballos salvajes que atraviesan el borde de la negra arena que se pierde entre las fuertes caricias que le otorga su amante el mar. Finalmente todos existen, o existieron. Finalmente, ninguno me amó realmente, aunque todos lo intentaron… incluso a mi antojo, incluso a mi capricho, después de tanto entendí que todos carecían de un corazón humano, ese especial vinculo que tanto he buscado, y como niño soñador esperé encontrar en objetos inanimados.

Desperté entre sábanas grises de lana tejida, mis largas piernas desnudas se abrían paso entre los cientos de pliegos de tela. Como pude, logré sentarme en aquella enorme cama… y un destello de luz se asomaba por mi ventana. Extendí mis manos frente a mí, y las contemplé por un rato. Luego pude ver mi cabello negro caer en mis hombros y me di cuenta de que esta era mi nueva realidad. Ya no había playa, ya no era de noche. Ya no habían animales que me hablaban, ni estrellas que se asomaban al borde de mi vientre. Es el final de una etapa, de unos cuantos capítulos; o el inicio de un nuevo sueño… pero esta vez, con los ojos abiertos, los brazos al cielo y el corazón

menos frágil.

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Corazón de León, Piel de Conejo

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Él saltaba por aquí, por allá. Era inconstante y errante en su larga trayectoria, quizás porque estaba inconforme con lo que la vida le había presentado; con todo eso que había llenado sus espacios en blanco, sus conversaciones estériles y sus sueños inconcretos. Sí, definitivamente era un conejo inconforme. Su brillante pelaje blanco contrastaba con sus nerviosos ojos rojos, sus patas no podían permanecer tranquilas, él era un viajero. Poco se detenía a fijarse en el cielo, en las flores del camino, o en la brisa fresca que soplaba en su contra, quizás… en gran parte era inconforme porque desconocía cientos de pequeños detalles que lo seguían a todas partes.

Pasaron algunos días, y varias lunas después se encontró en dominios más allá de lo jamás alcanzado. Un ave de la noche se aunó a su recorrido. Curiosamente una lechuza de vestido rojo decidió seguir aquél conejo desquiciado, ella no sabía… no podría haberlo sabido. Él sabía que tenía un acompañante, ella estaba desprevenida ante su noticia. El conejo quería estar solo, corrió y corrió hasta hacer competir sus agiles patas contra las alas cansadas de la lechuza roja, ésta finalmente cayó y en fracciones de minuto el Conejo la desgarró, incisivamente se abrió paso en su pecho y la vació. Tomó su corazón, que aceleró el suyo… y lo comió. Al finalizar su frio banquete inesperado, bajo la poca luz de aquella noche… continuó errando en la oscuridad.

Llegó más lejos aún. Una extensa llanura lo tomó inadvertido, y una tormenta eléctrica fue el toque sorpresa final. El conejo detestaba mojarse, entre sus tantas manías, no le gustaba salir sin reloj ni el café muy dulce. No podemos juzgar a un hombre por sus gustos, menos a un conejo por sus preferencias. Lo cierto es que encontró una especie de cueva pequeña tallada en el borde de una gigante roca que se erguía en la inmensa y seca llanura. Dentro, se encontraría nuevamente con compañía.

Los ojos del conejo se abrían y cerraban con furia, intentando ver lo que se escondía en aquella grieta. Su corazón había comenzado a palpitar agitadamente, otra vez. Tenía ansiedad, tenía hambre, estaba encandilado… ¿aturdido? Su paranoia lo llevaría a su propia desgracia, o a acabar con otro ajeno a su historia. El conejo comenzó a correr en círculos dentro del pequeño recinto, buscando chocar contra algo, contra alguien. Finalmente, la lluvia era más fuerte, los relámpagos parecían huir de la caverna. Cualquier música que acompañara el momento se volvería tensa. Entonces, sonó un quejido y… no hubo más conejo.

Un león anciano, que habitaba aquella cueva, había esperado por años la visita de un errante vacío. En efecto, su piel de conejo sólo ocultaba el espíritu de un cazador, de oscura piel y mirada inquisitiva, ahora vacía. Rápido, intranquilo, incisivo como una roca afilada entre la madera tierna de un árbol joven. Tenía varias grietas dentro de sus entrañas, figuras pesadas que lo rasgaron y lo hicieron más miserable. Después de todo,

no tenía corazón.

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Caballos Salvajes

Aún estoy algo desorientado. Las luces, el calor, quizás el stress. Tanta gente, tantos rostros, sonrisas y voces, unidos todos en una sola gran masa levitante, feliz y llena de vida. Era una suerte de contraluz, era una algarabía de esperanza y ansiedad, de cientos de miradas brillantes y labios húmedos, dubitantes de separarse y dejar escapar hermosas melodías. Era algo seguro, inimaginable al principio, pero sencillamente hermoso. Todo frente a mí.

Sigo desorientado. El cansancio, el no dormir bien, los números. Hojas blancas y de color, madera azul y amarilla, música y espíritu. Regalos mágicos que han hecho el camino más ameno, más de lo ameno que es por obligación, por compromiso, por satisfacción. No, no son quejas, son experiencias. Son bendiciones. Estoy bien, estamos bien todos.

Me duele un poco el brazo derecho, siento un peso que me oprime, me hala y me detiene un minuto. Quizás, sea la enorme paz que siento en el corazón y me llena el pecho de esta luz incontenible, de este espíritu indomable de saltar esa madera y cantarle al mundo mi felicidad. Esas ganas de abrazar el mundo y decirle que lo amo, que estoy feliz de estar allí y de poder bailar a su lado, sobre él, en él. Es algo que me quema, no me irrita, me purifica y me eleva en el aire. Todo es más claro desde aquí.

Me rio de toda la imagen, de esa retro-proyección a lo que sucedió, a lo que costó. A lo invertido, a lo ganado y lo perdido. A los que se fueron, y a los que llegaron. Todos, los que están y no, sin marca alguna todos están sentados. Ese piano de cristal suena una vez más, y yo abro las enormes y pesadas puertas del jardín donde tomé el sol por tanto tiempo. Soy tonto, quizás… ¡Estoy loco! y me siento tan completo.

No negaré que a veces pienso en cómo sería si pudieras estar aquí. De hecho, aquí estás. No, también. Es una tortura irrenunciable, de esas que yo mismo persigo para que me atrapen, no me quejo; hasta de eso soy cómplice. Soy testigo, y soy feliz. Estoy aquí, todo el peso se vuelve luz y el dolor en la cabeza se torna en una sonrisa cálida, plena y armonizada con estos ojos que no dejan de brillar, que cerrados sueñan con luces y estrellas, contigo siendo una de ellas y con todos en el inmenso universo que nos cobija.

Sigo desorientado, pero es bueno sentirse así. Estoy aquí, sentado y de pie. Tú, estás, te vas y acabas de llegar. Todos ellos, las luces, la alegría, la algarabía está delante, está detrás. Nos circunda este inmenso sentimiento. Sale el Sol, y seguimos montando nuestros caballos salvajes, ¡seguimos siendo Nosotros!… Y entonces, de nuevo,

sale el Sol.

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Gotas de Lluvia en la Puerta

La lluvia y un instante después, la oscuridad. Lo supe y aún así dejé empaparme de aquellas aguas, que sensibilizaron incluso lo mas intimo, humedeciendo el interior de mis uñas tanto como mis labios expuestos a la suave brisa; todo acompañado de esos fulminantes rayos perseguidos por sus relámpagos en una danza mágica y perdurable en aquella noche en que me encontré allí, en aquel lugar, otra vez.

Me encontré entonces, entre parpadeos nerviosos y mi cabello mojado cubriendo mi frente. Estaba allí, en un recinto cerrado y oscuro, donde aún seguía lloviendo un poco. Entonces, reconocí después de unos minutos que habían puertas que circundaban mi posición, eran cuatro precisamente y quizás… alguna de ellas podría llevarme a un lugar distinto del que me encontraba. ¿Lo quería realmente? Mi propio cuerpo dio respuesta por mí, y se quedó allí de pie un rato más, disfrutando de la suave brisa sobre mi rostro, escuchando las gotas que se deslizaban por mi cabello y caían en mis mejillas, en mi cuello. Mis pequeñas manos se daban calor mientras acariciaban mi vientre y podía mover los deditos de los pies dentro de aquellos zapatos llenos de agua. Lo disfruté, o quizás no… La verdad es que lo viví y me lo permití.

Luego, cuando ya estuve un poco saturado de agua, cuando ya mi ropa me pesaba por estar tan mojada, decidí continuar y dirigirme a las puertas que me rodeaban… a modo de cruz se abrían paso en mi camino. ¿A cuál he de ir primero?, Me dije, pero… una vez más, mis pies no esperaban respuesta de mis labios… y así llegué a la puerta que yacía a mi mano derecha. Entonces, allí me encontré a un amigo que necesitaba de mi, sus ojos estaban húmedos pero allí no llovía, y aunque yo estaba salpicando y dejando pequeñas lagunas de agua a mi paso, él estaba allí, sentado mirándome… tranquilo pero con ese aire vacío, al borde de la desesperación… parecía que en cualquier momento iba a gritar y estallaría en llanto. Yo caminé hasta él y cuando estaba por abrazarlo para darle consuelo, recordé que estaba empapado, entonces me detuve por un segundo y la puerta se cerró frente a mí de una forma tan violenta que me impactó en la frente lográndome lanzar contra el suelo. Me sentí humillado por mi propia acción, y aunque no había nada que pudiera hacer, lloré.

Cuando logré repararme, me levanté nuevamente y me dirigí en la dirección contraria, fui a la puerta que en un principio quedaba a mi izquierda. Esta vez, procuré abrirla lenta y precavidamente, yo nuevamente estaba mojado porque fuera de ellas seguía lloviendo. No me importaba, pero tenía cuidado. Al abrir la puerta, vi a un desconocido que me sonreía, estaba de pie frente a mí como si me conociera y yo le hubiera olvidado, o quizás simplemente no podía recordar quién era, pero su sonrisa me hacía sentirme seguro y cálido en su camino. Seguí acercándome hasta extender mi mano para alcanzar la suya, pero entonces… un amigo conocido se interpuso entre nosotros. Me miró con tanta rabia, que sólo pude salir corriendo y cerrar la puerta… Huía del miedo a que me destruyera y yo a él, entonces no quedó nada más, no hubo nada nuevo, y lo que ya estaba, tampoco era.

No tomé demasiado tiempo para regresar a la puerta que estaba detrás de mi al comienzo, entonces descubrí una hermosa playa nocturna, cubierta por la luz de una enorme luna de plata y armonizada con un suave oleaje sensual que hacía que la arena se sintiera caliente. Era como si fuese el perfecto destino para un ser lleno de lluvia como yo, que necesitaba un poco de ese fogaje nocturno para regularse. A medida que caminé por aquella orilla, sentía como el viento intentaba jugar conmigo… en definitiva logró secarme y distraerme, pero no era más que viento. Sentí que estaba hablando solo, que no podía tocarlo porque él no quería, y que menos aun podía abrazarme como yo necesitaba. Ese viento sólo estaba allí… olvidado y solitario, y yo me sentía pleno en él, pero seguía estando sólo yo, y sólo él. La luna se ocultó tras unas nubes negras y tuve miedo, el viento ya no se hacía sentir porque estaba sentado a la orilla, contemplando la suerte de las olas que acariciaban la arena. Yo entonces caminé de vuelta a la puerta, y no le di las gracias por un último mes, simplemente lo dejé libre… siempre lo fue, pero ahora yo caminaba en contra de él.

Volví a la lluvia, a esas paredes oscuras que olían a humedad, y que ya parecían cansadas de recibir tanta agua. Sólo me quedaba la puerta que estaba en frente. Di dos pasos y me detuve, un suspiro dejé escapar con un ánimo ingenuo, pensando que quizás esto sería distinto, y que ya sería hora de poder secarme frente a una fogata, al menos.

Al atravesar mi última puerta, vi que estaba oscuro y llovía también en su interior. Esta era un agua distinta, era agua salada… Parecían miles y miles de lágrimas que ahora me bañaban con su ternura y su fragilidad. Era una lluvia algo melancólica, pero que con cada paso mío se iba calmando, y se iluminaba al final una ventana, me encontraba en una especie de cabaña de madera, y si… tenía una hermosa chimenea. Cuando por fin se calmó aquella lamentación, todo parecía muy cálido en su interior. Pude encontrar pronto la forma de encender aquel fuego en aquel hogar, y hacerlo mío por un instante. La casa existía sin mi necesidad, era como si en cualquier momento pudiera llorar de nuevo y volverse a calmar. Yo, aún así, sentía su gratitud. Yo no era el huésped que esperaba, pero al menos podía recordarle que servía para recibir en su interior la esperanza de vida, de amor, que alguna vez recibió.

Y pasaron unos días, y la comodidad incrementaba potencialmente, y la fogata se encendía a modo de cálida sonrisa, y los cojines en el suelo me abrazaban, y yo… me encontré seco, tibio y querido allí. Me quité la ropa, los zapatos, y me regocijaba en el calor que toda la casa emitía. Así me quedé dormido, en el suelo de madera, desnudo y tibio. Durante la madrugada sentí un poco de frio y me desperté. El fuego estaba apagado, y los cojines recogidos. La casa parecía organizada y con todo muy guardado. Sentí en mi corazón que llegaría el huésped tan esperado, y ni siquiera me dio oportunidad de buscar mi ropa y zapatos, antes de salir por la puerta haciendo el menor ruido posible… entendía que todo había sido un favor, y no más que eso. Yo debía partir porque esa… no era mi casa.

Volví entonces al recinto oscuro, húmedo y cargado de lluvia. Esta vez, todo era distinto, sentir la lluvia en mi espalda desnuda, sentir mis pies caminar sobre los pequeños escombros llenos de agua en el suelo, definitivamente no era lo mismo, y en definitiva, esto… era lo más bajo y lo triste. Me senté sobre mis pies y abrazando mis piernas comencé a llover.

Cayeron las paredes, ya no habían puertas, la lluvia se detuvo y el fuerte sonido del concreto quebrándose a mi alrededor, me despertó. Abrí los ojos y estaba en mi cama, abrazando al oso polar que me acompaña y con muchas lagrimas en la cara… ¿era lluvia? ¿Era llanto? Lo que sé, es que lo viví, lo sentí profundamente… y aunque no sepa aún cuál puerta cerrar, y cuál tomar…

siempre podré volver a la lluvia, para volver a respirar.

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