
La lluvia y un instante después, la oscuridad. Lo supe y aún así dejé empaparme de aquellas aguas, que sensibilizaron incluso lo mas intimo, humedeciendo el interior de mis uñas tanto como mis labios expuestos a la suave brisa; todo acompañado de esos fulminantes rayos perseguidos por sus relámpagos en una danza mágica y perdurable en aquella noche en que me encontré allí, en aquel lugar, otra vez.
Me encontré entonces, entre parpadeos nerviosos y mi cabello mojado cubriendo mi frente. Estaba allí, en un recinto cerrado y oscuro, donde aún seguía lloviendo un poco. Entonces, reconocí después de unos minutos que habían puertas que circundaban mi posición, eran cuatro precisamente y quizás… alguna de ellas podría llevarme a un lugar distinto del que me encontraba. ¿Lo quería realmente? Mi propio cuerpo dio respuesta por mí, y se quedó allí de pie un rato más, disfrutando de la suave brisa sobre mi rostro, escuchando las gotas que se deslizaban por mi cabello y caían en mis mejillas, en mi cuello. Mis pequeñas manos se daban calor mientras acariciaban mi vientre y podía mover los deditos de los pies dentro de aquellos zapatos llenos de agua. Lo disfruté, o quizás no… La verdad es que lo viví y me lo permití.
Luego, cuando ya estuve un poco saturado de agua, cuando ya mi ropa me pesaba por estar tan mojada, decidí continuar y dirigirme a las puertas que me rodeaban… a modo de cruz se abrían paso en mi camino. ¿A cuál he de ir primero?, Me dije, pero… una vez más, mis pies no esperaban respuesta de mis labios… y así llegué a la puerta que yacía a mi mano derecha. Entonces, allí me encontré a un amigo que necesitaba de mi, sus ojos estaban húmedos pero allí no llovía, y aunque yo estaba salpicando y dejando pequeñas lagunas de agua a mi paso, él estaba allí, sentado mirándome… tranquilo pero con ese aire vacío, al borde de la desesperación… parecía que en cualquier momento iba a gritar y estallaría en llanto. Yo caminé hasta él y cuando estaba por abrazarlo para darle consuelo, recordé que estaba empapado, entonces me detuve por un segundo y la puerta se cerró frente a mí de una forma tan violenta que me impactó en la frente lográndome lanzar contra el suelo. Me sentí humillado por mi propia acción, y aunque no había nada que pudiera hacer, lloré.
Cuando logré repararme, me levanté nuevamente y me dirigí en la dirección contraria, fui a la puerta que en un principio quedaba a mi izquierda. Esta vez, procuré abrirla lenta y precavidamente, yo nuevamente estaba mojado porque fuera de ellas seguía lloviendo. No me importaba, pero tenía cuidado. Al abrir la puerta, vi a un desconocido que me sonreía, estaba de pie frente a mí como si me conociera y yo le hubiera olvidado, o quizás simplemente no podía recordar quién era, pero su sonrisa me hacía sentirme seguro y cálido en su camino. Seguí acercándome hasta extender mi mano para alcanzar la suya, pero entonces… un amigo conocido se interpuso entre nosotros. Me miró con tanta rabia, que sólo pude salir corriendo y cerrar la puerta… Huía del miedo a que me destruyera y yo a él, entonces no quedó nada más, no hubo nada nuevo, y lo que ya estaba, tampoco era.
No tomé demasiado tiempo para regresar a la puerta que estaba detrás de mi al comienzo, entonces descubrí una hermosa playa nocturna, cubierta por la luz de una enorme luna de plata y armonizada con un suave oleaje sensual que hacía que la arena se sintiera caliente. Era como si fuese el perfecto destino para un ser lleno de lluvia como yo, que necesitaba un poco de ese fogaje nocturno para regularse. A medida que caminé por aquella orilla, sentía como el viento intentaba jugar conmigo… en definitiva logró secarme y distraerme, pero no era más que viento. Sentí que estaba hablando solo, que no podía tocarlo porque él no quería, y que menos aun podía abrazarme como yo necesitaba. Ese viento sólo estaba allí… olvidado y solitario, y yo me sentía pleno en él, pero seguía estando sólo yo, y sólo él. La luna se ocultó tras unas nubes negras y tuve miedo, el viento ya no se hacía sentir porque estaba sentado a la orilla, contemplando la suerte de las olas que acariciaban la arena. Yo entonces caminé de vuelta a la puerta, y no le di las gracias por un último mes, simplemente lo dejé libre… siempre lo fue, pero ahora yo caminaba en contra de él.
Volví a la lluvia, a esas paredes oscuras que olían a humedad, y que ya parecían cansadas de recibir tanta agua. Sólo me quedaba la puerta que estaba en frente. Di dos pasos y me detuve, un suspiro dejé escapar con un ánimo ingenuo, pensando que quizás esto sería distinto, y que ya sería hora de poder secarme frente a una fogata, al menos.
Al atravesar mi última puerta, vi que estaba oscuro y llovía también en su interior. Esta era un agua distinta, era agua salada… Parecían miles y miles de lágrimas que ahora me bañaban con su ternura y su fragilidad. Era una lluvia algo melancólica, pero que con cada paso mío se iba calmando, y se iluminaba al final una ventana, me encontraba en una especie de cabaña de madera, y si… tenía una hermosa chimenea. Cuando por fin se calmó aquella lamentación, todo parecía muy cálido en su interior. Pude encontrar pronto la forma de encender aquel fuego en aquel hogar, y hacerlo mío por un instante. La casa existía sin mi necesidad, era como si en cualquier momento pudiera llorar de nuevo y volverse a calmar. Yo, aún así, sentía su gratitud. Yo no era el huésped que esperaba, pero al menos podía recordarle que servía para recibir en su interior la esperanza de vida, de amor, que alguna vez recibió.
Y pasaron unos días, y la comodidad incrementaba potencialmente, y la fogata se encendía a modo de cálida sonrisa, y los cojines en el suelo me abrazaban, y yo… me encontré seco, tibio y querido allí. Me quité la ropa, los zapatos, y me regocijaba en el calor que toda la casa emitía. Así me quedé dormido, en el suelo de madera, desnudo y tibio. Durante la madrugada sentí un poco de frio y me desperté. El fuego estaba apagado, y los cojines recogidos. La casa parecía organizada y con todo muy guardado. Sentí en mi corazón que llegaría el huésped tan esperado, y ni siquiera me dio oportunidad de buscar mi ropa y zapatos, antes de salir por la puerta haciendo el menor ruido posible… entendía que todo había sido un favor, y no más que eso. Yo debía partir porque esa… no era mi casa.
Volví entonces al recinto oscuro, húmedo y cargado de lluvia. Esta vez, todo era distinto, sentir la lluvia en mi espalda desnuda, sentir mis pies caminar sobre los pequeños escombros llenos de agua en el suelo, definitivamente no era lo mismo, y en definitiva, esto… era lo más bajo y lo triste. Me senté sobre mis pies y abrazando mis piernas comencé a llover.
Cayeron las paredes, ya no habían puertas, la lluvia se detuvo y el fuerte sonido del concreto quebrándose a mi alrededor, me despertó. Abrí los ojos y estaba en mi cama, abrazando al oso polar que me acompaña y con muchas lagrimas en la cara… ¿era lluvia? ¿Era llanto? Lo que sé, es que lo viví, lo sentí profundamente… y aunque no sepa aún cuál puerta cerrar, y cuál tomar…
siempre podré volver a la lluvia, para volver a respirar.