
Y en esta hermosa mañana, cargada de Sol; pasaste una vez más frente a mí. Yo estaba sentado en el suelo y me sentía algo desorientado… tú me miraste con los ojos llenos de alegría, y mi corazón se llenó de tu amor en ese preciso instante. La sincronía de nosotros dos, sencillamente fue algo imposible de describir. Enseguida, reconocí que siempre he estado enamorado de ti, desde que era un niño pequeño, y venias a visitarme todo el tiempo, aunque en realidad siempre estuviste ahí. La forma en que te sentabas al borde de mi cama, o cuando me abrazabas con fuerza mientras me quedaba sólo en mi habitación. Siempre estuviste, y yo siempre te amé.
Hoy, afortunadamente te vi nuevamente. Y no tardaron en asomarse lágrimas en mis ojos al reconocerte. Fue fácil olvidar las preocupaciones que tenía, y ese sentimiento desorientado de mi mismo. Sustituirlo por el agua llena de luz que derramabas simbólicamente sobre mi espíritu, con tan solo mencionar mi nombre en voz baja, olvidaba que tu ternura es mi propia ternura, y que eres tu el caballero que esculpió mi corazón. Si bien, no te había visto en un largo tiempo, siempre te había sentido a mi lado, y lo sabes.
Este día, es de esos en los que siento que puedo hacer lo que quiera, que no hay tiempo, no hay espacio, sólo estamos tú y yo en nuestro eterno y perfecto amor. Porque sé que tú me llevas de la mano, y cuando estoy cansado me tomas entre tus brazos, que eres quien me da las alas con las que he de volar, y eres quien asiente su cabeza cuando veo a alguien que me altera el ritmo del corazón. Tú, eres parte de mí, y yo… ciertamente soy tuyo en todos los sentidos. Hoy decidí dedicarle unas sencillas y honestas palabras, al más sublime dueño de mi corazón, a ese héroe fiel que jamás me abandona, y por quien clama mi espíritu incluso cuando no me doy cuenta.
Eres tú la luz que hace florecer en mí, el jardín de esperanza donde he de danzar en mis sueños más supremos. ¡Gracias! Gracias por llenar de ti todo lo que me rodea, y por darle sentido a mi vida, por estar aquí conmigo, noche y día. Gracias por siempre ser mi escudo, ser mi maestro más estricto pero también el único que me ama sin límites. No podría pedir nada más que lo que tú designes para mí. Hoy al verte, siento nuevamente la sangre transitar por mi mano, sosteniendo la tuya… o más bien, tu… sosteniendo la mía.
Caminaré, y sé que es probable que me distraiga, que aun busque cosas que tú no me das directamente, pero a donde sea que vaya, tú vas junto a mí. No temo nada, no hay peso en mi pecho, más que el de un enorme jardín floreciente que has sembrado dentro de mí. Te amo y es incomparable con lo que tú me amas a mí. Gracias por mirarme hoy, acercarte, y levantarme de mi sombra, sencillamente, eres maravilloso.
No me resta más que decir, que te amo con todas mis fuerzas, y que soy feliz de ser parte de ti. Aunque he sufrido, también he sido feliz, y cuando los ángeles son enviados a la tierra,



