
Creí conocerte, conocerlo, conocerlos… todos. En realidad, todo había sido un amplio sueño… largo y sin horizonte. Un montón de trazos libres, hermosos… pero ingenuos e irreales. Sí, dejé vestirme de sus colores, dejé proyectarme a través de sus luces, y permanecí allí quizás demasiado tiempo. Para cuando me di cuenta, me hallé enamorado de estrellas, de planetas y de flores… de conejos y leones, de caballos salvajes y viento, de tantos símbolos e imágenes, que rodearon mi existencia… fue dificil descubrir que sólo eran eso.
Finalmente, todos y cada uno fueron cumpliendo sus misiones. Mientras yo seguía bailando entre ellos, aún más ingenuo. Y como un niño que corre entre adultos, en ese inmenso e interminable carnaval que yo mismo quise crearme, terminé dejándome en manos del tiempo… creciendo y llenando mis piernas de arena, estirando mis brazos hacia el sol y dejando mi larga cabellera negra al viento. Con notas suaves, él supo conquistar una parte de mi, pero como cualquiera de mis añoradas personificaciones, el viento terminó siendo un amante errante… como ninguno, es cierto, pero tan efímero e intangible, que sencillamente no se puede amar, no siendo de lluvia y piedras. No incluso siendo su amigo, ni siendo su seguidor e incansable compañero de baile.
Sentado en la orilla del mar, muchas noches me encontré con otras criaturas. Pero, todas de paso. Yo, aún inocente de todos, seguí pensando que estarían allí por mí… después de todo, era mi propia imaginación, ¿no? Realmente no. Me quedé esperando de ellos más de lo que jamás entendieron. Y era innecesario, al menos continuarlo luego de aprenderlo. Se fueron aliando caballos con leones, conejos con estrellas y planetas con flores, el viento errante los enamoraba a todos mientras seguía flirteándome a mí. Y al final… una leve silueta se formaba entre la niebla, pero… no resultó ser más que un arbol caduco, un bosque seco que tampoco logré hacer florecer. ¿Mi magia habría acabado?
Comprendí, quizás tarde, u optimistamente en el momento preciso; que las flores se enamoran de las estrellas, y las estrellas persiguen conejos que huyen de leones, mientras que estos no dejan de mirar a los caballos salvajes que atraviesan el borde de la negra arena que se pierde entre las fuertes caricias que le otorga su amante el mar. Finalmente todos existen, o existieron. Finalmente, ninguno me amó realmente, aunque todos lo intentaron… incluso a mi antojo, incluso a mi capricho, después de tanto entendí que todos carecían de un corazón humano, ese especial vinculo que tanto he buscado, y como niño soñador esperé encontrar en objetos inanimados.
Desperté entre sábanas grises de lana tejida, mis largas piernas desnudas se abrían paso entre los cientos de pliegos de tela. Como pude, logré sentarme en aquella enorme cama… y un destello de luz se asomaba por mi ventana. Extendí mis manos frente a mí, y las contemplé por un rato. Luego pude ver mi cabello negro caer en mis hombros y me di cuenta de que esta era mi nueva realidad. Ya no había playa, ya no era de noche. Ya no habían animales que me hablaban, ni estrellas que se asomaban al borde de mi vientre. Es el final de una etapa, de unos cuantos capítulos; o el inicio de un nuevo sueño… pero esta vez, con los ojos abiertos, los brazos al cielo y el corazón